Era la madrugada del 24 de junio (vale aclarar, día de mi cumpleaños), había pasado una semana desde que nuestros compañeros de UNC llegaran a Buenos Aires, y unas horas desde que Alyssa Champion y yo pasáramos por una incómoda situación al enterarnos que nuestra historia sobre Eloísa Cartonera no iba a seguir, cuando sucedió algo inesperado. En una heladería de San Telmo, Pat Davison me dijo, entre risas, “Me vas a matar, pero vamos a revivir tu historia del Mercado de Liniers”. Con esa frase, empezamos nuevamente desde cero.
Luego de varias visitas al Mercado de Liniers, pudimos encontrar que dicho lugar es mucho más que un centro de comercialización. Al principio no fue fácil. Si bien nosotras íbamos con la idea de mostrar no solo el funcionamiento sino también la recuperación después de la crisis y la historia que había en el lugar, nos encontramos con otras cosas.
Para empezar, a diferencia de lo que pensábamos, Roberto Arancedo, presidente del Mercado de Liniers, nos comentó que, en realidad, no habían sufrido grandes complicaciones durante la crisis del 2001 sino que, al contrario, se habían fortalecido. Dialogando con mi conciencia me pregunté “¿cómo mostrar la recuperación de una crisis que no existió allí?” y a eso me respondí “vamos a cambiar el enfoque, ahora va a ser la “no-crisis” del Mercado”.
Al mismo tiempo, necesitábamos algo más. Un detalle de color, digamos, una historia particular dentro de nuestra historia. Entonces, empezamos a hablar con la gente del lugar para ver qué podíamos encontrar. Y así fue que dimos con los gauchos que trabajan para Inés Wallace, consignataria de hacienda. Ellos son Ricardo “Pity” y Gerónimo “Truco” Cicardi. Ellos se encargan de separar la hacienda, pesarla, entregarla, es decir, prepararla para su venta.
Ricardo tiene 56 años. Está en el Mercado desde los 11. Su padre, una leyenda en dicho lugar, fue quien lo llevó por primera vez y, desde entonces, nunca se fue. Gerónimo tiene 20. Hace un año y medio que empezó a trabajar allí. Es la tercera generación en su familia que se mantiene realizando esta actividad y, citando sus propias palabras, “esperemos que más. Cuando tenga un hijo…esperemos, vamos a ver, ojalá le guste trabajar acá”.
Dos visitas alcanzaron para descubrir la unión que hay entre todos los trabajadores. “No es solo comprar y vender vacas, es toda una vida acá adentro”, nos cuenta Pity. La mayoría de sus actividades son en grupo y eso los ayuda a conocerse cada vez más.
En nuestra última visita, tuvimos el privilegio de poder compartir una de sus tradiciones. Todos los jueves, desde hace varios años, se reúnen para comer un asado. No solo deleitamos nuestros paladares con una gran variedad de cortes de carne (para Alyssa fue su primer asado) sino que, además, pudimos ver y sentirnos parte de esa gran familia que es el Mercado de Liniers.
Nunca me hubiera imaginado que me iba a encontrar con esa unión ahí adentro. Detrás de las puertas de esa institución hay un mundo aparte. Ellos desarrollan vínculos muy estrechos con sus compañeros, disfrutan mucho de la libertad que su trabajo les ofrece y la cantidad de anécdotas que tienen para contar, nunca termina.
Texto & Fotos: Natalia Rosas Maruyama