jueves, 1 de julio de 2010

Jóvenes solidarios en las villas de Buenos Aires

Durante la semana pasada, con mi compañera Brittany Peterson visitamos distintos lugares de la villa 21/24 de Barracas . Esta es la primera parte de aquellas visitas: un día con un grupo de jóvenes que pasa cada domingo con los chicos que viven en este asentamiento.

En una casa del barrio de San Telmo, el ringtone penetrante de un celular rompe el silencio de la habitación a oscuras. Luis – “Chula” para los amigos - manotea somnoliento el aparato; se acostó hace unas pocas horas porque la noche anterior tuvo un cumpleaños. Desde el otro lado del teléfono una voz le dice: “¡no te olvides de traerme mi buzo! Nos vemos a las 9:00am”. Todavía desganado, “Chula” se cambia rápidamente y parte hacia Rodríguez Peña y Juncal, donde cada domingo a las 9:00h. se encuentra con sus amigos para brindar ayuda a un grupo de chicos que vive en la Villa 21/24 de Barracas.

“La verdad es que cuando suena el despertador a la mañana nunca te levantás con ganas, cuesta, pero cuando llegás acá todo cambia”, dice Luis mientras camina con sus amigos por las calles de la villa, ahora embarradas por la lluvia de la noche.


En total colaboran alrededor de unos 20 jóvenes de entre 17 y 23 años. El número va oscilando, según la disponibilidad de cada uno. Pero hay un grupo estable de aproximadamente 12 personas que no falta nunca. Juntos, brindan clases de catequesis a unos 30 chicos de entre 3 y 16 años que viven en la villa 21. También les dan el desayuno, organizan juegos, actividades de recreación y organizan campamentos y excursiones.


El trabajo que realiza este grupo de adolescentes comenzó hace dos años, cuando dos de ellos, Guillermo Arce y Francisco Bettinelli, sintieron la necesidad de ayudar. “Tenemos que hacer algo”, pensaban. Así fue que decidieron hablar con algunos amigos y, aprovechando un contacto con el Padre José María De Paola (más conocido como Padre Pepe, Vicario General de las villas de Buenos Aires y la cara más visible de los denominados “curas villeros”), hablaron con él para organizar una actividad. El Padre Pepe les contó que necesitaban ayuda en la catequesis para niños de la vasta comunidad de la Parroquia de Caacupé, ubicada casi en el inicio de la villa. La comunidad del asentamiento de Barracas es, en su mayoría, católica, y las actividades y festividades religiosas son sumamente importantes en el barrio.

Con el tiempo, más amigos comenzaron a sumarse, y más tarde también lo hicieron los amigos de aquellos amigos. Hoy el grupo es muy amplio y entre todos se las arreglan para conseguir donaciones entre sus conocidos: alimentos, materiales de construcción, bancos y sillas, útiles escolares, etc.

Sin embargo, más allá de la ayuda material, este grupo de jóvenes es consciente de que aquí lo que importa es, sobretodo, la contención psicológica y la construcción de una relación con ellos.


Durante una de las clases del 2º año de catecismo, por ejemplo, uno de los chicos se encuentra apartado, a un lado y sin ganas de trabajar. En vez de acudir al camino más simple de retarlo, Guadalupe, una de las colaboradoras, de 20 años, espera hasta el final de la clase para acercarse a charlar con él, entender qué le pasa y tratar de ayudarlo. Unos minutos más tarde descubre que algunos problemas en el hogar del niño son el origen de su desconcentración ese día.

El panorama dentro de la villa 21/24 ciertamente no es alentador: muchos de los chicos sufren las consecuencias de la violencia familiar, las dificultades económicas son muchas y las condiciones son precarias. En la zona en la que ellos viven las calles no están asfaltadas, lo que dificulta mucho el acceso en caso de lluvia y evita, por ejemplo, el eventual paso de una ambulancia si ocurre alguna emergencia (eso sólo si la ambulancia quiere ingresar en la villa: en muchos casos ni las patrullas ni las ambulancias deciden hacerlo), y los chicos juegan entre una montaña de basura que conforma hoy una suerte de basurero improvisado en el medio del barrio.


La situación es claramente difícil, y los jóvenes que colaboran con la Parroquia de Caacupé lo saben. Por eso son conscientes de que lo importante es hablarles del futuro, llevarles alegría, prestarles una oreja, y generar una relación con ellos. “Si por alguna razón alguno de nosotros alguna vez no puede venir, a la semana siguiente vienen y nos lo reclaman: son ellos los que nos toman lista a nosotros, y es ahí cuando te das cuenta de la relación que construiste”, dice Guadalupe.

Mientras están juntos, los chicos y este grupo de jóvenes juegan juntos, se hacen niños otra vez, y parece como si todos hubiesen nacido en el mismo barrio y se conocieran desde muy chicos. A pesar de las dificultades, las voces suenan alegres y muy altas cuando cantan todos juntos para cerrar el día: “Somos los chicos de la Medalla Milagrosa, y todos juntos te invitamos a que vengas a pasarla bien.

Textos: Agustina Girón
Fotos: Britanny Peterson

No hay comentarios:

Publicar un comentario