Horacio nos mira y nos dice “Hola chicas, ¿cómo están?”, mientras se acomoda el gorro de lana que tiene en la cabeza. “Bien” le respondo y le pregunto si le falta mucho para terminar de trabajar. “me levante a las 3 de la mañana para venir a juntar cosas por acá, ya estoy llevando el carro al depósito y vuelvo a casa” me explica un poco agitado debido al esfuerzo que le produce cargar tanto peso.
Horacio es un hombre muy sociable, mientras caminamos con él bordeando la plaza nos cuenta que era colectivero pero que se quedó sin trabajo y comenzó a trabajar como cartonero.
Tal vez de una manera ingenua le pregunto cuánto le pagan por todo lo que carga en el carro, y me responde “más o menos 30 pesos, me alcanza para comer algo y para los cigarrillos”.
Si bien el trabajo del cartonero es arduo y se necesita mucho esfuerzo, voluntad y ganas de salir adelante, Horacio parece llevarlo bien, nos cuenta que no se arrepiente de nada y que de alguna manera es feliz haciendo lo que hace. “En el carro tengo todo lo que necesito, no me hace falta nada más”.
Al otro lado de la plaza, bordeada por las calles Palos y Wenceslao Villafañe, nos encontramos con Oscar, otro hombre que trabaja como cartonero y que tiene una interesante y envidiable admiración por la vida.
Oscar es un ex piloto de guerra de 60 años que participó en la guerra de las Malvinas y que habla cuatro idiomas, francés, inglés, portugués y español. Mientras nos acerca unos tachos de pintura para sentarnos y conversar un rato, nos cuenta sobre sus tres hijos y nietos, su mujer, el amor de su vida y me regala un mapa de la ciudad de Toronto que tiene en el bolsillo de su campera, sin duda un personaje distinto y excepcional.
Su frase de cabecera es que la vida te da lo que te da, como queriendo expresar una especie de conformismo con respecto a su situación. “No tengo una rutina, hago todo a mi manera”, explica el cartonero y sonríe. Es fácil ver que Oscar es un hombre que tiene una actitud positiva frente a los problemas que debe enfrentar día a día, que tal vez para él no son problemas, porque está
acostumbrado a la vida que lleva.
Luego de conversar unos minutos nos despedimos de Oscar, cruzamos la plaza nuevamente, saludamos a Horacio que está cebando mate con otros dos compañeros cartoneros y caminamos hacia la parada del colectivo. Mientras camino no puedo dejar de pensar en que es tan fácil gastar unos minutos de nuestro tiempo para sentarse y escuchar las historias que los demás quieren contar. A mi compañera y a mí nos queda la impresión de que si todos hiciéramos esto más seguido podríamos conocer gente distinta, que nos aporte cosas interesantes y nuevos puntos de vista.
Texto: Agustina Rodriguez
Foto: Caitlyn Greene

1 comentario:
¡Qué linda nota Agustina! Felicitaciones.
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