lunes, 21 de junio de 2010

Los Fernández, familia de pateros

Si bien es el deporte nacional, pocos argentinos saben bien qué es el pato. Para los Fernández en cambio, el deporte gaucho es su vida. Su casa en Wilde está más cerca del Obelisco que de sus veinte caballos, pero su agenda se acomoda a la fuerza y todos los días después del trabajo, manejan con gusto los 35 minutos hasta su quinta en Brandsen.

“Coca Cola, Silvino, Paco, Shakira, Cocaína, Fanta…” De memoria, sin repetir y sin soplar, Martín, el menor de los hermanos, enumera la tropilla Fernández. “Venimos siempre, estamos con los caballos, les damos de comer, los herramos, los cepillamos…de todo. Cuando nos juntamos tres o cuatro, jugamos”. El que habla ahora es Matías, el mayor, agarra una pelota de fútbol con seis manijas de cuero.


Los torneos se hacen los fines de semana, las sedes y los equipos cambian. “En este momento hay treinta campos de Pato afiliados a la Federación Argentina de Pato. Es un deporte caro porque se usan unos 20 caballos por partido, y además de mantenerlos hay que transportarlos”, explica Ricardo, padre, presidente de la FAP y enamorado del juego.

La ronda de mate se va haciendo más grande a medida llegan los amigos. Ricardo ceba y cuenta que sus hijos heredaron de él el amor por los caballos. De chiquitos hacían desfiles y agarraban la sortija, pero cuando conocieron el pato, no lo dejaron más. Martín y Matías miran fotos y muestran algunos trofeos de “La soñada”, el equipo de los Fernández. “Toda mi familia había vivido en el campo, yo vivo en la ciudad pero prefiero estar acá y ver a mis pibes jugar. ¿Mi sueño? Ojalá algún día los vea a los dos con diez de hándicap jugando un abierto”.


El pato se juega en la Argentina antes de que fuera Argentina. Hace 400 años, se envolvía un pato vivo en una bolsa de arpillera, y casi sin reglas, pueblos enteros luchaban a rebenque limpio para llevarse el animal a casa. En los años 50, con reglamentación de por medio, Juan Domingo Perón lo declaró deporte nacional. “El fútbol es el deporte más popular, nadie discute eso. Pero el pato nació acá y solo se juega acá. Es lo que verdaderamente nos representa”, explica Ricardo.

¿Cómo se juega? Podría averiguarse en algún libro, pero el caballo ensillado parece más didáctico y tentador. Este cronista-patero improvisado monta a un alazán, mientras el debut es documentado por los fotógrafos que se embarran hasta las rodillas. Velocidad, destreza y amor por lo caballos. En el pato juegan cuatro contra cuatro. Pingo y patero hacen un equipo. La cancha puede tener hasta 220 metros de largo y gana el que emboca más veces el “pato” en el aro ubicado al otro extremo.


Ricardo Fernández mira el picado improvisado y comenta las jugadas de sus hijos. Los caballos se cansan y vuelven al establo. Entre todos los que se fueron sumando les sacan las monturas, los lavan y los llevan de vuelta a sus boxes. Padre, hijos, algunos amigos y el petisero vuelven todos juntos a la casa. No se saben quien quién es el jefe, tal vez no lo haya. Se respira olor a pasto y amateurismo puro. Todos trabajan y disfrutan.

La ronda de mate se arma otra vez y estamos todos. “Amo venir acá y ver jugar a mis hijos y nuestros amigos. Al fin y al cabo, con el pato lo único que se gana son amigos. ¿Qué más querés?”.

Texto: Fernando de Dios
Fotos: Gustavo de Dios

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