sábado, 26 de junio de 2010

El Paco

Uno cree entender la realidad, hasta que realmente se encuentra con ella. Mejor dicho, en mi experiencia, hasta que se choca con ella. Esta semana conviviendo cara a cara con el paco fue intensa, con una mezcla de sensaciones que van desde el horror al ver a dos nenes paqueándose a metros mío, hasta la ternura y la esperanza de ver a un padre, recuperado, llevar a su hijo al colegio.

David tiene 42 años, hace 26 años que vive en Nueva Pompeya, y 12 que consume paco. No pasa el metro setenta, es un poco rellenito y tiene siempre el escudo de Independiente en alguna prenda de su vestuario. Cuando lo conoció a Andrew, lo primero que hizo fue señalar ese escudo en su pecho y decirle: “Mirá, ¿ves? si sos inteligente te haces de este cuadro argentino”.

Decidimos convertirlo en el protagonista de nuestra historia por muchos motivos, pero hay uno que es fundamental: está convencido que se puede salir. Le pedimos una entrevista y accedió de inmediato. “A mi me sirve, para recordarme lo que logré y ayudar a otros pibes que están pasando por esto, para que vean. Y si los ayudo de paso, mejor”. Hace nueve meses que no consume, y está muy orgulloso de poder contarlo.

No solo aceptó sin dudar en concedernos la entrevista, sino que, además, no se guardo nada. Nada. Nervioso, giraba en su silla y me miraba a los ojos. Le pregunte como era un día en la vida de un adicto al paco. “Un día no es un día. Como le dicen ustedes. Un día son cinco días. Cinco días sin dormir, consumiendo. Y son días que perdés de tu vida”.

Me contó que tiene cinco hijos, uno solo con su señora actual. Una de sus hijas, la de 16 años, no la ve desde hace dos años. Cuando le pregunte el motivo me explicó que la chica fue muy clara con él, cuando todavía consumía. “Pa, ¿a vos te parece que mis amigos me digan que mi papa es paquero?, ¿qué estás fumando en la esquina?”. David cuenta como esto le rompió el corazón, y cuánto desea ver a su hija ahora que está recuperado. Pero ella ya no le cree ni una palabra.

Terminamos la entrevista y nos fuimos, prometiendo volver al siguiente día para seguir haciendo nuestro trabajo. Un trabajo que más allá de lo académico-profesional, más allá de tres minutos de montajes, estoy completamente segura que deja más que eso. Fue sinceramente impactante toparse con esta realidad. Tan cruda. Yo sabía que existía, pero no la había tenido nunca tan cerca.

Texto: Florencia Renda

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